De entrada confieso mi debilidad por Miguel Delibes y su obra. Es el escritor de lo sencillo y cotidiano, de las cosas pequeñas, de la naturaleza y de los sentimientos. He leído y releído casi toda su obra y no sabría con cuál quedarme: "La sombra del ciprés es alargada", "Mi idolatrado hijo Sisí", "El principe destronado", "Señora de rojo sobre fondo gris". Tantas y tantas obras intimistas en las que refleja la vida de una forma natural, ya sea en el campo o en la ciudad.
En los tiempos convulsos y de crisis siempre hacen falta referencias sólidas que nos permitan salvarnos de la voragine. Sus declaraciones sobre el progreso que nos ha tocado vivir son un compendio de sabiduría natural y avisan del peligro de separar naturaleza y técnica. Delibes aboga por la armonía y rechaza el tecnicismo que arrasa lo natural, no solo referido a la naturaleza como medio ambiente sino a la naturaleza de las cosas, incluido lo consustancial al hombre.
Delibes se une así a quienes denuncian la soberbia de la cultura tecno-ideológica actual que pretende construir una nueva "naturaleza" y un "hombre nuevo" borrando todo vestigio anterior, olvidando y enterrando lo heredado de nuestros antepasados. Para ello se manipula el significado de las palabras y se sustituye lo moral y propiamente humano por lo técnico.
Éstas ideas me recuerdan la afirmación de C.S. Lewis: "El progreso es imposible si no hay algo permanente".



























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